Insípido despertar



Suelo despertar del mismo modo, despacio. Como una vieja máquina, cuyos engranajes van moviéndose y desplazando el óxido. Hasta que logra algo parecido a un buen funcionamiento. Mi cuerpo imita esa rutina. Pero logro encender los suficientes mecanismos como para darme cuenta, es tarde. Para no romper la otra rutina, no me despierto cuando quiero. Se que es sábado y no necesito madrugar, pero intento poner orden en mi sueño. Bueno mejor me levanto.



Tras lavarme la cara ya parezco una persona normal. Al todo lo que encaje en ese termino. Y me voy al pequeño gimnasio de mi padre. Sí, tenemos uno en casa. Hace ya un año que lo tenemos, supongo que es gracias a esa crisis masculina de los cuarenta. Yo no me quejo, al menos mi padre vuelve a estar sano y me deja usarlo. Todo ventajas. Aunque yo no hago pesas. En contra de lo que piensa la gente, se puede estar en forma sin ellas. Y eso hago yo. Pongo un poco de música de fondo, algo digno para entrenar como Stick to your guns de Sick Puppies. Y me pongo a ello. No es algo que me guste especialmente, con lo que mis pensamientos se desplazan hasta la letra de cada canción. En realidad antes de que me de cuenta termino. Es lo bueno de la música, hace todo más ameno.

Miro la hora: 13:33. Más tarde de lo que creía, mejor me doy una ducha rápida. Enjabonado, aclarado, secado y fuera. Y como no, siempre te llaman cuando no puedes responder, cuando tienes jabón por todas partes. Podría intentar aclararme rápido y salir corriendo para llegar a tiempo. Pero con mi suerte y falta de habilidad, me mataría por el camino. Que triste, que te encuentren muerto en las escaleras, envuelvo en una toalla y con jabón en el pelo. Mejor me quedo en la ducha. No tardo en mucho en terminar y bajo a la cocina. Parece que mis padres no llegan todavía. Se que mi padre hoy tenía que hacer horas extras. Y mi madre ni idea, últimamente sale mucho a caminar, tal vez sea eso. Parece que estamos en una época sana en esta casa. ¿Debería hacer la comida para todos o voy comiendo algo? La verdad tengo hambre. Mejor llamo a mi madre, que me quite de dudas.

Busco en la agenda del móvil y la llamo. No funciona. Que extraño, repito el proceso. No funciona. Espero que no se estropeara el móvil. No es nuevo, pero lo suficiente como para no cambiarlo. Decido reiniciarlo, mientras como una manzana. Así llevo mejor el hambre. Bien, vamos a probar de nuevo. No funciona. Me estoy cabreando ya. El fijo, eso es. Apenas lo utilizo ya, el móvil casi hizo que desaparezcan. Lo descuelgo, marco el número. No funciona. Imposible, si antes me llamaron. Repito el proceso tres veces y siempre consigo el mismo resultado. Locura telefónica. Estoy cabreado. No puede estropearse todo al mismo tiempo, ¿Cuantas posibilidades hay? Las suficientes para que me pase a mí. Ahora tengo que llamarla, aunque sola sea por llevar la contraria a la tecnología.

Me abrigo con una chaqueta y salgo a la calle. Mi plan maestro es ir al bar que tenemos cerca. Conocemos bien al dueño, el me dejará llamar a mi madre. Voy tan fijado que un poco más y me paso de largo. El bar esta abierto, pero vacío. Que extraño, a estas horas siempre hay gente. Todo el mundo viene tomarse algo antes de comer, o después. Depende del horario de cada uno. Tal vez todos hayan decidido dejar de beber al mismo tiempo, sería curioso. Tras la barra tampoco hay nadie. Que raro, Marcos es un bueno en esto. En serio, jamás e visto a nadie llevar un negocio mejor. Tiene una habilidad especial para que consumas más. Podría convertir en alcohólico hasta a una roca. Pero hoy no está. Me impaciento y llamo, pero nadie me responde. Decido pasar tras la barra a buscarle. Recorro todo el local, vacío. ¿Qué clase de persona deja su establecimiento sin atender? Nadie. Aún así opto por llamar, no me va a decir que no. No funciona.

Vale, algo está mal.

Tengo que ver a alguien. No me importa quien, pero tengo  la imperiosa necesidad de ver gente. Salgo pitando del bar y busco por las calles. Nadie. Entro en el próximo bar, no hay nadie. El siguiente es igual. Ya estoy corriendo, no entiendo nada. Pero empiezo a sentir miedo. Llego al único hotel del pueblo y entro desesperado. Recorro la mayoría pero no encuentro nada vivo. Antes de darme cuenta entro en pánico. Estoy gritando y corriendo por alguien. Algo en mi mente acaba de explotar. Un miedo antiguo y casi olvidado, algo que nuestra especie teme. Soledad. Vacío. Tropiezo y caigo contra el suelo. Me quedo ahí, no me muevo. Mi mente esta bloqueada. Intento pensar de forma razonable, pero no entiendo nada. No se me ocurre una sola explicación racional. Tengo miedo. Me siento. Tengo una herida en la pierna, sangra bastante. Pero no me duele, solo veo que la tengo.

Me levanto y sigo de vuelta a casa. No pienso en nada, estoy en modo automático. Vuelvo a ser una máquina oxidada. Regreso a casa, no cierro la puerta. Solo subo las escaleras hasta su habitación, la de mis padres. Abro el armario, su ropa no está. ¿Se han ido? ¿Todos? Solo puedo repetir eso una y otra vez. Me tumbo en su cama. Vuelvo a dormir.



Diego Alonso R. 

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