![]() |
Todos los días al regresar a casa veo el mismo ángel. Es de piedra, no puede huir y eso lo acerca a mí. Los dos estamos condenados a aceptar una realidad que no pedimos ni queremos. La suya es guardar la entrada al cementerio, observando los rostros de aquellos que lloran por quienes han perdido; la mía es aceptar que tengo dos voces en mi cabeza, y que una de ellas me odia. Cuando la escucho suena igual que yo pero tiene un poder que no es propio de mí; con solo unas palabras puede detener el tiempo y agitarlo hasta derrumbar la realidad que había logrado construir. Siempre aparece cuando las cosas van bien para mostrar el odio irrefrenable que escupe por mi persona. No puede ser mi propia voz, debe ser una segunda, no puedo ser yo el que me hago esto. Del miso modo que el ángel no decide permanecer inmóvil. Él solo ha sido creado, sin ser consciente de que ese día llegaría, y ha sido condenado a la observación eterna sin haber cometido ningún crimen.
Ambos sufrimos una penitencia sin cometer el pecado.
A veces me detengo a hacerle compañía antes de regresar a casa. Sé que no puede hablar, que por mucho que le diga es incapaz de hacer otra cosa que aquello que se le permite; observar y resistir. Pero siento que al decir lo que pienso en voz alta la segunda voz pierde parte de su poder. Que al pronunciar aquello que deseo se hace más real, y sé que el eterno ángel siempre me escuchará sin ejercer juicio alguno, que compartirá mis palabras en un silencio inevitable. Le hablé de la imagen de mi futuro, de como mostraré el mundo a través de un objetivo y mi enfoque, del sueño que me prometió una cámara de fotos siendo solo un niño. Y de como la voz susurró durante noches hasta que borré todas mis fotos aceptando su realidad. Porque no podría lograrlo así que lo mejor sería ahorrar el tiempo del futuro choque; eso decía la voz. Pero llegado el momento no pude evitar volver a sacar otra foto, sentir lo único que mi amiga me permitía obtener, regresando así la confianza y la esperanza. Solo para pensar que la voz se había ido y ser derribado otra vez desde la cima. Era como ser erosionado por permanecer a la intemperie durante toda mi vida.
Pero un día hice algo diferente. Volvía a casa y como siempre pasé por delante del ángel, pero esta vez no me acerqué para observarlo y hablar con él, lo que hice fue sacar mi cámara. Lo observé a través del objetivo y me di cuenta que era la primera vez, por alguna razón, con todas las veces que pasaba por ahí, no tenía una foto suya. Pero no llegué a hacerla, porque también me di cuenta de otra cosa; la foto reflejaba la pena de su penitencia. No merecía ser inmortalizado de esa manera, no se merecía sufrir la soledad absoluta por siempre. Así fue como la idea nació. Al día siguiente volví preparado, y tras pedirle permiso y perdón a la vez, le arranqué la cabeza. Hice entonces una foto para inmortalizar lo que ya no sería nunca más y me llevé la cabeza en la mochila. Tardé bastante en llegar a mi destino, ya que la cabeza pesaba lo suyo, y yo nunca he sido muy fuerte. Pero al final llegué al puerto. En él hay una pequeña zona, al límite del muro final, donde las olas no suelen golpear. Y ahí mismo me senté junto a la cabeza del ángel. Había pasado toda su existencia observando las penas de los demás, pero ahora pasaría el resto disfrutando del mar. Era la prueba inerte de que el cambio era posible.
Diego Alonso R.

Comentarios
Publicar un comentario