Tendemos
a enlazar los misterios al misticismo, a los poderes de un ser
superior, los efectos de otro mundo que nos ignora, a demás
explicaciones que nos dan calma y seguridad. He incluso después de
descubrir la realidad tras estos misterios, una parte de la sociedad,
y hasta de nosotros mismos, tiende a seguir pensando que la fantasía
es real. Desde el inicio de todo pensábamos que el fuego nos lo
otorgó un titán, que nuestra forma nació del capricho embarrado de
un dios, que nuestra alma cruzará al más allá guiada por un
barquero avaro, y que los rayos son lanzados por el padre de los
dioses.
Y
puede, solo digo que puede, que todo esto no solo nazcan de la
imaginación y la necesidad de respuestas de nuestra especie.
Pensemos
en el rayo. Es el símbolo de poder más alto de toda realidad, el
arma y la representación de Zeus y Thor. Y sin importar el lugar en
el que habites; es aquello que hace temblar nuestra almas en conjunto
con las de todo ser viviente. Pero tras superar la época de
misticismo y magia, el rayo sigue generando algo básico, algo
primitivo en nosotros. Sabemos que su potencia es de cien millones de
voltios, que de media miden cinco kilómetros de largo y un
centímetro de ancho, pero no somos capaces de decir con exactitud
cual es su origen o causa. Así que en cierta forma, sigue siendo uno
de nuestros grandes misterios sin resolver, uno que podría cambiarlo
todo. Pero ante él, la duda que llena las mentes al escuchar su
estruendo en los cielos es, ¿caerá sobre mí? La posibilidad es de
una entre setecientos mil, setenta y una veces más difícil que
sufrir un accidente en coche, pero no es imposible.
Por
eso el rayo, uno de los últimos elementos dignos de portar el
misticismo, es capaz de unirlo todo con un simple destello...
El
edificio no está en condiciones de ser habitado, apenas se lo puede
llamar así, es poco más que un esqueleto lleno de parches. Una
pequeña montaña de hierro, ladrillos y sueldos mediocres. Y como
todo lugar con la vida indeterminada; no está pensado para visitar
de noche. Por supuesto eso no evitará que esta visita suceda, una
tormenta y ciertas tinieblas no detienen a Laura. Es la capataz de la
obra y conoce bien los pasillos que recorre. A sus cincuenta años ha
visto y levantado más muros de los que podría ser capaz de
recordar, y aunque ahora no debería mancharse tanto las manos, sigue
haciéndolo por pura pasión.
Pero
esa no es la razón para caminar a las diez de la noche, en plena
tormenta de enero, por los pasillos de la obra. No, su razón es
mucho más mundana: dinero. Hace más de un mes detuvieron a un
ladrón justo en estas obras, se le acusó de hacerse con un botín
de treinta mil euros, pero una bronca entre rejas y una puñalada
después, ya no hay ladrón. Pero lo importante es que tampoco hay
dinero, nadie lo encontró por ninguna parte. Y nadie lo encontrará,
si no contamos a Laura. El hombre entró con el dinero y salió sin
él, está claro que tuvo que esconderlo, es lo más lógico. Por eso
la policía estuvo buscándolo hasta rendirse, al final pensaron que
tal vez tuviera un cómplice al que le dio el dinero, o lo dejó en
otro lugar y los engañó con una bolsa vacía. Pero la capataz no se
rinde tan fácilmente, ella cree que el tesoro sigue en su edificio,
por eso va cada noche a revisar los recovecos de su pequeño gigante.
Y hace cinco minutos obtuvo el premio de su insistencia y
cabezonería. En el hueco de una columna a medio construir, tras una
capa de espuma de poliuretano, estaba el dinero descansando en una
bolsa de plástico. Contuvo un grito de emoción y se abrazó al
dinero, luego lo olió para asegurarse que ese instante era real, y
lo guardó en su mochila.
Piensa
en bajar por las escaleras, pero se siente pletórica y decide que se
merece un descanso. Así que llama al montacargas para bajar calmada
y triunfante. Cierra el chubasquero, se pone la capucha, y entra en
el improvisado ascensor. La lluvia cae sobre ella sin llegar a mojar
su piel y resuena al estrellarse contra la placa metálica que la
sostiene. Entonces se hace la luz, la noche se convierte en un breve
día, el trueno invade sus oídos, y todo a su alrededor retiembla de
impotencia y pavor. Un rayo ha caído en el edificio.
Laura
se queda atrapada, inmóvil en su ascensor. Intenta encontrar algún
modo de salir, de regresar al edificio que tan bien conoce, pero el
montacargas se detuvo justo entre la tercera y cuarta planta; no hay
forma segura de regresar. Se debate entre llamar a alguien para que
le ayude, o esperar a que la corriente del generador regrese. Lo
lógico es la primera opción pero, ¿cómo va a explicar estar en el
edificio en plena noche? No tiene ninguna idea coherente, así que se
queda donde está. Mojándose y observando a su alrededor, viendo
como la vida de la ciudad se mueve bajo ella, sintiendo los efectos
del rayo de formas muy distintas. Si tuviera una vista más precisa
habría visto los restos del accidente. Pero no fue algo llamativo
como una colisión frontal, ni una en cadena, sino un mero atropello;
así que no se fijó en ello. Pero nosotros sí lo hacemos. Varios
metros bajo los pies de Laura, a poco menos de una calle de
distancia, otra vida acaba de ser detenida por la creación de Zeus.
Un
hombre normal, corriente y hasta simplón, conduce bajo la lluvia. Su
nombre es Israel y sus apellidos carecen de importancia. A simple
vista no tiene nada llamativo, si te lo encuentras en la estación,
olvidarías que lo has visto en menos de cinco minutos. Pero al mismo
tiempo, con todo esto, sigue siendo un hombre complejo. Y por muy
contradictorio que pueda sonar, hasta la mayor de las simplezas tiene
sus complicaciones. Conduce un Seat Córdoba con el esfuerzo de un
corredor de maratón primerizo. Nada más salir de su trabajo fue
directo al bar, y desde entonces su mente necesita más esfuerzos
para todo. Su vida consiste en trabajar como soldador, ver cada
cierto tiempo a sus amigos, y dejar que los días pasen. Pero ese no
es el motivo de su creciente alcoholismo; es Héctor. Este último no
es el causante de forma directa, nada más lejos, ese hombre es un
causante directo de felicidad para Israel. Pero cuando le pidió que
se fuera con él a Italia, Israel no tuvo el valor, estaba demasiado
anclado a su monotonía, a su vida. Y por miedo le dejó irse solo.
Ahora
conduce esforzándose por ver entre la lluvia y sus tinieblas. Y
mientras en la radio suena “Someone you loved” piensa en lo harto
que está de si mismo, de su cobardía, y de su incapacidad para
saltar. Recuerda la primera y la última vez que se besaron, y como
en ambas sintió que ese era su lugar. Y mientras intenta secarse las
lágrimas, se hace el fulgor nórdico, el rayo llega a la tierra con
todo su poder y lo ciega por completo. La ceguera no dura mucho, no
más de unos segundos. En otra ocasión habría podido reaccionar,
pero su mente está pesada y la carretera mojada, no es capaz de
controlar el coche. Atropella a una mujer. Tarda bastante en salir a
la calle, en parte porque también tarda en ser consciente de todo lo
que acaba de pasar en los últimos diez segundos. Al verla postrada
en la acera corre directo a ella, tropieza y se revienta las rodillas
contra el suelo, pero se levanta y sigue hasta alcanzarla. No sabría
decir si es guapa o fea, lo único que ve en ella es el final, y las
gotas cayendo sobre su sangre. Acerca sus manos a ella y antes de
tocarla la mujer reacciona. Está viva. Herida, eso sí, pero viva.
Intenta calmarla entre disculpas y órdenes de que no se mueva por su
bien. Saca el teléfono y con manos temblorosas llama a emergencias.
Sin duda es una de sus peores noches, pero dentro de años, mientras
vive con Héctor, lo recordará como el momento donde decidió seguir
a su felicidad.
La
pobre mujer no lo hará de la misma forma. El accidente no le dejará
secuelas de ninguna clase, pero sí un susto y un mal recuerdo. Pero
eso no nos importa en esta ocasión, no estamos aquí para contar los
dramas de su vida, estamos aquí por su trabajo. Se dedica a muchas
cosas, pero la principal es cuidar personas mayores. Y en el momento
del atropello iba de camino a casa de Carlos, un anciano al que le da
la cena y le ayuda a acostarse. Pero no llegó esa noche, si lo
hubiera hecho las cosas serían diferentes, o tal vez el resultado
final no habría cambiado mucho.
Carlos
es un hombre mayor, nada menos que setenta y cinco años. Parece una
persona amable, pero solo de lejos. Aunque los años han logrado
desgastarlo, sigue siendo el mismo bestia que tenía una hostia como
respuesta a todo, una paliza con identidad propia. Pero sus fechorías
empezaron a pesar mucho en la balanza de la justicia cósmica y
terminó pagando un alto precio, para ser exactos, pago sus males con
su visión. Todavía es capaz de ver, pero perdió más del cincuenta
por ciento de su vista y seguirá aumentando, la ceguera es el coste
de su maldad. Y esa es la razón por la que el viejo no es consciente
de que no está solo en casa. Mientras estaba distraído disfrutando
de la música, una joven se coló por una vieja ventana, y acto
seguido bajó las palancas de la luz. La joven, cuyo nombre es
Verónica, no ha cometido un solo crimen en toda su vida.
¿Entonces
por qué se coló en la casa de un anciano? Por necesidad y un poco
de miedo. No es de familia rica, los gatos callejeros son una familia
de nobles en comparación a la suya, y como suele pasar en estos
casos; son presas de las alimañas. Un grupo de matones y demás
clase de delincuentes, cuyo punto en común es la falta de valentía,
le dejaron claro que no tenía opción. Así que para evitar
repercusiones peores que las de un robo, aceptó entrar a robar para
ellos. Al parecer, el viejo Carlos, tiene una buena suma de dinero en
casa. El botín está una lata verde sobre el armario del salón,
además está medio ciego, tu memoriza este plano y no tendrás
problemas; eso fue lo que le dijeron. Pero se equivocaron.
No
tuvieron el cuenta algunos factores, como por ejemplo: que el viejo
se mueva rápido por su propia casa, que sea una vieja bestia, o que
tenga en casa una vieja pistola. Pero todo eso sucedió dejando a
Verónica en serios problemas. Ahora mismo está en el salón,
escondida en el espacio entre el sillón individual y la ventana, con
la lata del dinero entre los brazos, e intentando no temblar. Carlos
mantiene la pistola en alto, forzando su vista en la oscuridad, y
agudizando el oído tanto como su edad le permite. Avanza por el
salón con paso calmado, dejando la puerta a su espalda. Se está
acercando al escondite, y Verónica lo sabe, su vista ya está
acostumbrada a la oscuridad y ve como se acerca a ella. Pero también
puede ver la salida tras él, así que decide intentarlo, si tiene
cuidado no podrá verla en la oscuridad.
Se
levanta tan despacio como puede, apoyando cada parte de su cuerpo con
suavidad, y rezando para que nada cruja por sus movimientos. Logra
ponerse de pie y está a nada más que tres pasos del viejo. Entonces
levanta su pie izquierdo para dar su primer paso y el suelo de madera
cruje bajo este. Su sangre deja de circular y su respiración se
corta. Carlos la está apuntando, no puede verla, ni tan siquiera
está seguro que esté ahí, pero pudo escuchar algo. Si no se mueve
puede que pase de largo, o podría lanzar algo lejos para hacer
ruido, tal vez correr agachada hasta la salida, o incluso saltar
sobre él. Pero en ese preciso instante cae el rayo, dando la luz
suficiente al interior como para que el viejo vea su silueta.
Entonces aprieta el gatillo...
Y
mientras la joven muere sobre la alfombra del salón, el montacargas
recupera su energía para que Laura regrese a su hogar.
Diego Alonso R.

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