Petricor


No hace un buen día, ni uno malo tampoco. Digamos que no te importaría salir a pasear, pero no te provoca muchas ganas. Igual que el día de ayer, igual que mañana. Porque desde esa ventana no puede verse otra cosa, solo un pueblo desconocido en un día común.

Tan común como el interior, como su alfombra escarlata, su mullido sofá y el dormilón que lo ocupa. Aunque no sabría decir si el es muy normal. Bien es cierto que no a hecho nada destacable en su vida. Hasta la fecha se conformaba con llenar su estómago un día más. Por difícil que fuese a veces. Pero duda que las cosas vuelvan a ser como antes, no después de ella. Ahora tiene una deuda y está feliz por ello.

Sigue sin saber como pagarla y por ello decidió preguntárselo directamente, aunque para eso debe esperar a que regrese.  Y un día puede hacerse muy largo cuando no tienes nada que hacer. Por ello acabó dormido.

La oscuridad se despertó, negandose a ser la simple falta de luz. Llenando todo con su hermoso ser, amparando una vida en sus entrañas. Al encenderse las lámparas tuvo que encojerse, pero no está molesta por compartir el espacio con su hermana luz. Ya que juntas cuidan las mas bellas imágenes de nuestro mundo. Y es en ese instante cuando ella entra en el salón, con un plato en cada mano. Y tras plantarse delante del sofá se le marca una sonrisa en sus arrugas.

- ¡Despierta! Es hora de cenar.

Nuestro visitante se despierta tan bruscamente que casi cae del sofá. Por suerte logra recomponerse y es cuando la ve sentada a su lado, riendo casi a carcajadas. Intenta ofenderse, pero no es capaz y termina por unirse a la risa.

- Toma, tendrás hambre. - La anciana le ofrece uno de los platos.

- Sí, gracias. Y siento haberme quedado dormido.

- Tranquilo es algo normal, teniendo en cuenta que no tienes nada que hacer. Si lo prefieres podemos cambiar eso. - Le habla pero no le mira, ya que está deborando vorazmente.

- Eso estaría bien, quiero serte útil. Supongo que para eso me has traido ¿No? - La anciana dejó de comer y le observa muy seria.

- ¿Qué has dicho? - No le quita los ojos de encima y está poniendole muy tenso.

- ¿No me trajiste para...? - No es capaz de seguir, se siente intimidado.

- ¿Piensas qué busco un criado? Estúpido. - Mantiene un tono desenfadado.

-No es eso... Es solo que no entiendo porque me salvaste. - La anciana logra notar su preocupación y relaja el tono.

- Por tus ojos.

- ¿Mis ojos? No lo entiendo...

- Cuando te encontré estabas en las últimas ¿Recuerdas?

- Sí...

- Puse incluso así, tus ojos no me pedían ayuda. - Se volteó hacía ella y mirandola de nuevo la ve por primera vez. - Y ahora dime ¿Cómo te encuentras?

- Me cuesta un poco moverme y tengo unos sueños muy extraños. Pero mejoro cada día.

- Sigue descansando y pronto estarás bien. Y no te preocupes por los sueños, es por encender tu consciencia, con el tiempo cesarán. - Sin darse cuenta le acaricia la cabeza.

- ¿Activar mi consciencia?

- Claro ¿Cómo crees que podría hablar un gato? - Se le escapa una risita.


- ¡Ah! No había pensado en eso...

- Lo suponía, pero ahora eres tan consciente como lo eras antes. Lo que me lleva a una pregunta ¿Recuerdas cómo te llamabas? - Sigue acariciandole la cabeza mientras se escucha un leve ronroneo.

- No, todavía es todo muy confuso. Esperaba que me dieras uno nuevo. - Se pueden palmar sus nervios.

- Pues entonces es sencillo, te llamarás Petricor. - Y juntos comparten una sonrisa.

Los días días siguientes fueron muy tranquilos. No salió de casa, no por obligación, sino por decisión propia. Primero quiere conocer lo que puede ser su nuevo hogar. No es tárea fácil. Resulta que el apartamento está vivo. Puede parecer algo molesto, pero a diferencia de en el cine de terror, es algo muy cómodo. Ya que te proporciona lo que necesitas, si logras caerle bien.

Por ello itenta conocerlo, recorrer todas sus partes, pero es un proceso largo. Todas las puertas están conectadas, lo cual es muy cómodo, escepto por el hecho de que te envia a la habitación que el quiere. Pero Petricor no tiene otra cosa que hacer. Y lleva ya dos horas de aventura. En las que a visto una cocina de ambientación atigua, un laboratorio donde intentó no tocar nada y otro salón.

Acaba de entrar en una sencilla habitación. A sus pies tiene escrito el mensaje "Bienvenidos" y una flecha hacía delante. La sigue hasta llegar al centro, donde lo espera una pequeña mesa redonda, acompañada por dos humildes sillas. Se sienta en la más cercana y espera. Observa el resto de la habitación, pero no hay nada más, solo un pequeño espejo en la pared.

 Por lo que se cansa de esperar y se gira para marcharse. Alcanza el mensaje y vuelvo a mirarlo. Aunque esta vez es diferente, "Por favor". Casi al instante empieza a mahullar, con tanta intensidad que hasta le duele. Pero no lo hace por el, lo hace por su hogar. Porque está sintiendo su corazón y no puede soportarlo. Hasta que logra huir a su querido sofá.

Esta cena es diferente. Lo habitual es que las pasen hablando, no siempre de temas importantes, pero al menos hablan. Y nuestro gato es, por razones obvias, muy curioso. Por lo que siempre intenta aprender cosas nuevas. Como que el apartamento tiene vida, o que la anciana cambia de aspecto. Cada día la ve con el aspecto equivalente a una edad diferente. Hoy solo aparenta tener cuarenta años, tal vez más, pero en muy buena forma. Pero eso no diferencia la noche de otras. El problema es que no hablan.

- Ya estoy cansada. ¿Me vas a decir qué te pasa? -No le responde, ni gira la cabeza para mirarla. Por lo que ella le agarra la cara y le mira a los ojos.

- Oh no... ¿Qué te hizo?

Le agarra entre sus brazos y el empieza a mahullar de nuevo. Apoya la cabeza sobre el gato y comparten el llanto. No se dicen nada, algunaa veces no es necesario. Así permanecen hasta que el pequeño logra calmarse y caer ante el sueño. Y tras besarle la cabeza se duerme con el.

                                            Diego Alonso R.
Twitter: Diego_Inefable 

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